Un Canto al Dolor

Artículo de N.H. Emilio Paz Gadeo, publicado en el año de la Coronación Canónica de María Santísima de los Dolores (2011)

Ante una gran jornada como será para la familia Servita Gaditana la del diecisiete de Septiembre, tendremos que recordar los nombres de quienes no están con nosotros y que con sus aportaciones contribuyeron a solidificar los cimientos de una corporación que ya cuenta con doscientos ochenta y cuatro años de vida; nombres como los de D. Lorenzo Armengual de la Mota, Fray Tomás del  Valle, D. Tomás Gutiérrez Diez, D. Francisco Lara y Arjona, D. Rafael Aubray Navarro, D. Pedro Natera Tordesilla, D. Luis María Morote, etc.…y entre esos nombres propios que en su día dieron ciclos de glorias a la comunidad de los Siervos de María se encuentra el D. Antonio Maqueda Castillo, maestro de capilla de la Catedral de Cádiz, y que proporcionase a esta congregación la página musical más grande que ninguna otra corporación gaditana haya podido pretender; nos referimos por supuesto al Stábat Mater que compusiera para nuestra Virgen de los Dolores.

A modo de introducción digamos que el Stábat Mater, se enmarca dentro de las secuencias, que son los himnos que se suceden entre el gradual y el evangelio, pero que con el discurrir de los tiempos y por alcanzar unas proporciones tan desmesuradas, fueron eliminados casi de raíz de la liturgia quedando solo algunos como el Lauda Sion, el Die Irae, algunos Himnos Eucarísticos o el ya referido Stábat Mater, y siempre que estuviesen sujetos al espíritu litúrgico, suprimiendo en consecuencia  la fastuosidad de las que se le estaba proveyendo. Haciendo un poco de historia, digamos que el primer Stábat Mater se debe a Jacopone de Thodi, poeta italiano, amigo personal de Dante Alighieri, y perteneciente a la familia de los Benedetti; tras enviudar ingresó en la orden franciscana de los frailes menores, en la que por humildad quiso siempre permanecer como lego. Compuso varios cantos sagrados, todos llenos de unción, aunque salpicados de palabras calabresas, sicilianas o napolitanas como es el caso del lauda sobre la vida de San Francisco. De sus poesías latinas sin duda alguna, la más importante y sublime de todas, es el Stábat Mater, compuesto en 1306 antes de morir. 

De este poema al Dolor se han hecho múltiples y diversas versiones desde la sobriedad del canto gregoriano, los polifónicos de Pergolessi, Vitoria, Scarlatti o Vivaldi, hasta los más operísticos o fastuosos como son los de Schubert, Boccherini, Vodrakc, Fauré o Rossini enmarcando en este último grupo el que nos ocupa del granadino D. Antonio Maqueda Castillo, partitura de la que existen dos originales, una en el archivo catedralicio bajo la denominación  secuencia de Dolores de Nuestra Señora para solos, coro y orquesta (órgano, violines, flauta, oboe y fagot) y otro en poder de la Fraternidad, existiendo entre ambos sustanciales diferencias en los versículos dos y seis.

De esta obra dos números se pudieron oír en su máximo esplendor, durante la exposición regional celebrada en Cádiz, durante 1879, toda vez que durante el ciclo de conciertos ofrecido por la sociedad económica en el patio del Hospicio Provincial, y que fue dirigido por D. Jerónimo Giménez, autor de conocidas zarzuelas como La Boda de Luis Alonso, El Baile de Luis Alonso y Torre del Oro, quien además a su vez era amigo personal de Antonio Maqueda. El último concierto del ciclo fue dedicado en su totalidad a autores gaditanos, incluyéndose entre ellos, como ya hemos referido anteriormente dos versículos de nuestro Stábat Mater, por lo que fue necesario que su autor lo versionara de nuevo para orquesta más nutrida. (Quizás sea esa la diferencia entre el archivado en la Catedral y el de la Fraternidad Servita).

Entre los miembros de la orquesta se encontraba Maqueda con su violín, y el éxito fue tal, que hubo que repetir los números del Stábat, pidiendo el público a su vez que fuese dirigido por su autor. Parece ser que Maqueda, intentaba confundirse entre el grueso de la orquesta, y fue por imposición del maestro Giménez, que se vio en la obligación de subir al estrado, batuta en mano y dirigir personalmente lo que había escrito.

Pero aparte de lo anecdótico dediquemos algunas líneas a esbozar su vida en grandes pinceladas, no pudiéndole dedicar más espacio por la carencia de datos.

Antonio Maqueda Castillo, nació en Granada en 1.811, siendo niño seise de su Catedral y también alumno predilecto del aragonés D. Vicente Palacios, maestro de capilla de la Seo granadina, de quien recibió la formación musical. El maestro Palacios es el autor del miserere de la Catedral  gaditana traído precisamente a esta ciudad por el propio Maqueda. Transcurrido muy poco tiempo de su infancia, Maqueda desde su adolescencia, ya era conocido como un habilísimo profesor de viola en el conservatorio de Granada, adquiriendo tal fama que fue contratado por la orquesta del teatro Principal de Cádiz. Dado que el comienzo de la temporada se acercaba, y que el músico granadino, tras varios requerimientos no parecía venir, el empresario presentó quejas ante la autoridad gubernativa granadina, por lo que nuestro joven violinista, se vio sorpresivamente un día citado en el despacho del Gobernador Civil de aquella provincia, para comunicarle que si no estaba dispuesto a cumplir su contrato de buen grado, le haría viajar hacia Cádiz acompañado de la fuerza pública. Ante tal imposición Maqueda optó por desplazarse para cumplir su obligación contractual, pero con la intención de regresar a su tierra natal lo antes posible. Quién le iba a decir entonces, que Cádiz llenaría lo mejor de su vida, le haría sentir su más elevada inspiración, que conseguiría una celebridad quizás no ambicionada y que sería donde finalmente reposaría sus cenizas.

En 1864, fue nombrado maestro de capilla de nuestra Catedral por D. Juan José Arbolí y Acaso, tras una complicada gestión, pues por Real Decreto fue necesario dispensarlo, toda vez que el concordato decretaba la reserva de dicho puesto a clérigos y no a seglares. Desde antes ya eran conocidas sus obras religiosas, por su cantidad y calidad. Ha legado al patrimonio musical de nuestro entorno más de treinta misas, entre la que destaca la dedicada a D. Vicente Calvo y Valero, o la dedicada a la Virgen de la Caridad de Sanlúcar de Barrameda que se interpreta en la actualidad; añadámosle cuatro Misereres, las Lamentaciones para los oficios sagrados de  Semana Santa, una Sequentia para la Hermandad de la Vela, infinidad de Antífonas, Motetes, Salmos, Salves e Himnos, de entre los que destacan, el de la Virgen del Rosario, el de la Virgen del Carmen, los gozos de San José, las coplas al Corazón de Jesús, los gozos a la Virgen de la Merced, las coplas de Santa Cecilia, las de Santa Lucía, o la Salve a nuestra Virgen de los Dolores; también varios Te-Deum, Responsorios, Letanías…

En definitiva, es tan vasta y extensa su obra que durante buena parte del siglo XIX, en las iglesias de Cádiz, no se interpretó más música que la suya.

Entre los hechos más relevantes de su vida no se puede omitir uno que descubre cuán grande era la facundia de Maqueda y su talento musical. Iba a cantarse en Sevilla en 1850 la ópera Macbeth del Giuseppe Verdi, pero tanto la particella como los papeles de orquesta contenían tan graves errores de copia, que se hacía imposible la ejecución de la obra; mas he aquí, que Maqueda se comprometió en plazo brevísimo a instrumentarlo, y los hizo con tal acierto, que aun corre su arreglo por el mundo. o puede precisarse la valía de Maqueda como músico sin el recuerdo de hecho tan remarcable. Tras este éxito, hizo lo mismo con las óperas I Masnadieri y El Trovador.

D. Antonio Maqueda Castillo no gustó nunca de la exhibición ni de los honores; viviendo siempre en una honesta medianía: el cargo que desempeñaba en la Basílica, la dirección o la participación en la orquesta de los teatros, y los trabajos del arte musical: estas fueron sus únicas aspiraciones: he aquí cual fue siempre su vida.

Otro dato biográfico importante es que el Ayuntamiento de esta ciudad, del que era Alcalde D. Antonio de Castro y Jarrillo, en el pleno celebrado el día 7 de diciembre de 1894 y atendiendo a una petición popular con multitud de firmas de los componentes de la Academia Filarmónica de Santa Cecilia, el Conservatorio de Música, la Pequeña Sociedad de Conciertos presidida por D. Jerónimo Giménez, las Orquestas de los Teatros Principal y Cómico, Almacenistas de Música, Sociedades y Centros musicales y gran parte del vecindario de esta ciudad, lo hace hijo adoptivo y le concede una pensión vitalicia al profesor y compositor, anciano  reducido a la estrechez, desde hace varios años. En el debate municipal, el señor Meléndez, manifestó que el municipio debe hacerse eco de la voluntad de sus convecinos por tratarse de un artista que reside en Cádiz desde hace más de cincuenta años y tiene formada una reputación como compositor de música religiosa. Además, y teniendo presente que las glorias de Maqueda son las de Cádiz por la residencia que de antiguo tiene en esta población se le declare hijo adoptivo de la misma.

El Sr. Castillo resaltó el mérito indiscutible del agraciado y que estando la concesión de estas pensiones en las competencias de la corporación, y atendiendo a que el Señor Maqueda no tiene ni ha tenido contacto inmediato en todas las capas sociales, ni se ha desarrollado dentro de un partido político, viviendo solo con el apoyo del verdadero mérito, hace constar que la corporación tiene la misión de proteger los intereses morales e intelectuales: pide en conclusión que por unanimidad, se vote la pensión interpretando la voluntad del pueblo de Cádiz.

Reasumió el debate el Sr. Alcalde exponiendo que después de oídas las elocuentes palabras que en la discusión se han vertidos, sería fallida cuanto pudiera agregar en apoyo de las firmas respetables que piden la pensión, congratulándose de la unanimidad de pareceres, lo que le causa orgullo y satisfacción por tratarse de un venerable anciano, gloria del arte musical. La corporación apoyó y votó unánimemente las proposiciones hechas por el Sr. Meléndez.

Al profesor Maqueda jamás le enorgulleció el aplauso, ni la consideración de que disfrutaba; jamás tampoco le agitó la vanidad ni le mordió el corazón el espectáculo del bien ajeno. Todos le querían y respetaban. En primero o segundo lugar, siempre era para sus compañeros el maestro sabio y venerado, puesto siempre a complacer y nunca dado a la resistencia o la intriga.

D. Antonio Maqueda era un entusiasta melómano. “Veía sele por las calles, el violín bajo el brazo, tarareando aires obligados de fuga y contrapunto. Tarareando se sentaba en la orquesta del Principal, y recibía sus seis o siete reales de su jornal de la noche, si había lugar, como recibía tarareando los ocho del día, que no llegaba a más su retribución como maestro de capilla, y tarareando se acostaba, y las luces del alba, le encontraban tal vez con el eterno motivo musical en los labios. Fuera de esta pasión, y la de sus hijas, y la de su patria, y la de su iglesia, y la de sus instrumentos, -muchas pasiones condensadas en una sola, el arte-, no pedía nada a D. Antonio: no fumaba, ni hablaba, ni se quejaba: esperaba el ritornello de la muerte, sencillamente porque la muerte es el término de la sinfonía de la vida. Muerte que le llegó en 1905, a los 94 años, dejando un vastísimo y extensísimo legado que se debiera recuperar, entre los que se encuentra el Stábat Mater que dedicó a la Fraternidad Servita de San Lorenzo en Cádiz.

Il pianto di María” como poéticamente era conocido este himno, es un canto de agonía que reúne un profundo abatimiento mezclado de golpes que traspasan el alma con mil espadas, es la narración destrozadora de los martirios de una madre que ve expirar con sus propios ojos a un hijo a quien únicamente ama.

Ninguna religión, desde que existe el mundo, ha suministrado a la poesía y a la música un tema semejante al Stábat Mater. Los dolores de María al pié de la cruz, excitan todo el poder de la armonía y de las inspiraciones poéticas. Para iniciarse en las tristezas inconcebibles que encierra ese cántico de los dolorosos misterios, es preciso oírlo ante un retablo como el de San Lorenzo, con la majestuosidad de la voz grave del órgano, que se entrecorta por los sollozos de los ángeles a la vista de su Dolorida Reina.

Emilio Paz Gadeo